Prende Tus Ojos

Recordando un discurso de Javier Neves

Septiembre 2, 2008 · 1 comentario

Reflexión entrañable del gran maestro y amigo.

Para su apreciación:

GRADUACIÓN 2005

Hoy dejan ustedes la condición que, para quienes terminamos aquí, es casi siempre, la más fascinante de nuestra vida: la de estudiante universitario:

A diferencia de los años infantiles del colegio, que los cursamos por cuenta y bajo dependencia ajenas, es decir, pagados por nuestros padres y fiscalizados por ellos y los profesores y autoridades; estos juveniles años los transitamos con la mejor combinación: normalmente financiados por otros, pero libres en las decisiones.

Hay, pues, una tercera categoría entre la subordinación escolar y la autonomía profesional: es la insubordinación universitaria, que suma las ventajas de cada una de las otras.

Esta situación demanda la mayor responsabilidad a sus beneficiarios porque están en un proceso formativo que se confía principalmente a ellos mismos.

Cuando ingresaron a nuestra Facultad de Derecho, eran diferentes no sólo en sus experiencias personales y situaciones socioeconómicas, sino también en sus concepciones globales.

Hoy, que culminan su ciclo universitario, siguen siendo distintos.

La función de la Universidad no ha sido la de uniformarlos.

Solo buscó otorgarles a todos la misma oportunidad de formarse, para que asumieran con más sustento sus propias convicciones, para que afirmaran la identidad que quisieron darse y para que se vincularan con los demás sobre esa sólida base.

Una auténtica Universidad, como la nuestra, estimula la convivencia en la diversidad.

Solo así se ejerce el respeto, el diálogo y el acuerdo; que son elementos sin los cuales la vida en común queda desprovista de sentido, en cualquier instancia: la política, la universitaria, la familiar.

El punto de partida -como diría nuestro poeta Luis Hernández- está en reconocer en otra figura un semejante:

“… Un semejante, y,

como tal, siempre digno,

aun cuando fuere

indigno de su dignidad”

Nuestra Universidad es una de las pocas verdaderas instituciones de nuestro país, justamente porque está impregnada de esos valores.

Por eso, ahora propóngase culminar solo la etapa transitoria pero no la actitud permanente de estudiantes; para lo cual; yo les digo:

Llévense la Universidad en ustedes, “saqueénla”; no me refiero; claro, a los llamados valores inmobiliarios y mobiliarios, importantes en esta hermosa Universidad de venados y rosas, sino a los valores académicos y éticos mucho mayores todavía en esta verdadera Universidad de pensamiento libre.

Carguen con la que puedan de esto, y no se preocupen por los que quedan o los que vienen, porque la Universidad, a diferencia de los inmuebles y los muebles, es inagotable.

Ella podría expresar, como el personaje de Shakespeare: “cuanto más te doy, más me queda para darte, pues lo que te entrego y lo que guardo, todo es infinito”.

Ojalá sea esto lo que han venido haciendo ustedes desde su ingreso: “robo sistemático”, así lo tipifican.

Por otro lado, la Universidad ha hecho lo mismo con ustedes, también ella los ha “saqueado”; de nuevo, no soy literal, no me refiero a las pensiones que ustedes pagaron por su enseñanza;

La Universidad los ha incorporado a ustedes, en su inteligencia, en su creatividad; en su alegría.

Ambos han dado todo y ambos tienen ahora más, figura imposible en derecho de los contratos, pero no en las cosas del alma.

Ojalá sientan ustedes, ahora que dejan el inmueble y los muebles de la Universidad, que lo demás les pertenece, forma parte de ustedes para siempre.

Sientan, fuera ya -Van Gogh lo escribía en una carta- que “el molino ya no está, pero el viento sigue todavía”:

Tengan en cuenta que su convivencia con el derecho, que hacia atrás tiene una antigüedad de apenas cuatro años hacia adelante tiene una perspectiva de toda la vida; no les será posible, en consecuencia, practicarla, si de veras no aman a su profesión.

Tal vez en esta materia; como en los derechos fundamentales; hay un contenido mínimo y otro máximo, que podría sintetizarse así: que su profesión les guste pero que no les baste:

Que les guste; porque creo que nadie puede convivir con lo que no quiere; incluso, si su disgusto fuera extremo, no habría si no que dejar el derecho, con valentía y honestidad, sin consideraciones mercantiles de por medio.

Bryce, que estudió derecho y ejerció literatura, dice en una entrevista que escribe para que lo quieran: “quiero que me quieran por las cosas que hago”; he allí la meta de una vida; y nadie puede ser querido por lo que hace si, a su vez, no quiere lo que hace.

Que les guste; pues, pero que no les baste.

El derecho no puede serles suficiente: está bien la norma y la doctrina y la sentencia y el contrato, pero no se olviden de aquellos que para ser queridos no hicieron derecho sino música, cine, pintura, poesía.

Recuerden a aquel señor “que nunca ha olido una flor, ni ha mirado una estrella, y que jamás ha querido a nadie”, a quien le dice “El Principito” que “eso no es un hombre, ¡es un hongo!”.

La técnica importa, pero más que ella el hombre; los grandes juristas; sin duda, fueron también grandes humanistas; no nos resignemos a ejercer una profesión deshumanizada, en una sociedad cada vez menos humana.

Tengamos siempre en cuenta, además, que convivimos con una profesión que dice perseguir la razón; la verdad y la justicia, y no las encuentra: ¿se esconden bien o las busca mal?.

Según las encuestas de opinión, la abogacía es la carrera más desprestigiada en nuestro país; sólo nos ganan los políticos que, desgraciadamente, son en su mayoría abogados.

El descrédito es mayor en los sectores populares, que no acceden realmente a una administración de justicia, y son frecuentes víctimas del infame abuso de policías, abogados y jueces.

¡Cuántos siglos nos acusan!

Por eso, aquí, frente a sus padres y familiares, a sus compañeros, a sus profesores y autoridades, y, sobre todo frente a María Inmaculada y a su propia conciencia, hagan ustedes, hagamos todos, el juramento de no manchar el derecho ni mancharnos nosotros mismos con su ejercicio.

Una última palabra, que resume mi mayor deseo para ustedes: sean jóvenes siempre, con lo de sencillos y claros y rebeldes y esperanzados, que eso significa; no se instalen nunca, ni en la mediocridad ni en la corrupción; tengan ideales y luchen por ellos, aunque sepan que serán vencidos.

Termino nuevamente con Luis Hernández. El dijo de un buen hombre y de un buen profesional, algo que al fin de nuestros tiempos ojalá pudiera decirse de cada uno de nosotros:

” … que existió

En vano, en vano, y

Que, en vano, fue

Un [abogado] honrado…

Pero hay cosas en

Vano que valen la

Pena”.

Muchas gracias.

Javier Neves Mujica

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